“Por España lo que sea”

Publicado en FronteraD

La noche del 24 de setiembre del año 2007, Stanley Mera Vera, el soldado ecuatoriano de veinte años perteneciente al ejército español, dormía sobre el suelo en el estrecho espacio entre las filas de cuatro asientos enfrentadas en la parte trasera del BMR (blindado medio sobre ruedas). La rugosa chapa de acero, que por el día se recalentaba con las temperaturas que alcanzan los 40 °C, se convertía por la noche, cuando el nivel del termómetro descendía y el metal se enfriaba, en uno de los pocos lujos que un soldado se puede dar en medio del desierto de Afganistán.

Por las noches, el pequeño rincón dentro del vehículo era propiedad exclusiva de Mera quien se lo había apropiado no solo porque era refrescante, sino porque además le protegía de los insectos que aprovechando el respiro de la noche se asomaban de sus guaridas.

A un cuerpo de distancia dormía el soldado colombiano nacido en Medellín, Cristian Montaño, de 19 años. Tendido a la izquierda del motor que se ubica en la parte delantera del vehículo y justo atrás del asiento del conductor, Montaño dormía con la tranquilidad de tener la ametralladora Browning 12,70 al alcance de su mano. Y sobre el techo, dormía el soldado albaceteño Rubén López García de 19 años, que al igual que Montaño, no se despegaba de su puesto junto a la ametralladora alemana MG42 calibre 7,92, instalada sobre la escotilla trasera, justo por encima de Mera.

El resto del pelotón: un sargento y cuatro soldados además del traductor se habían dispersado entorno al vehículo y cada uno se había encontrado su rincón para dormir. Acostados sobre mantas que les protegían de los cantos afilados de las piedras, que a lo largo de quilómetros forman un mar áspero y gris, los soldados dormían con los pantalones camuflados y las botas beige puestas. Algunos se tendían con el torso descubierto, mientras otros se conformaban con dormir sin quitarse la camiseta color oliva, utilizando como almohada los chalecos antibalas, mientras con un ojo entreabierto, vigilaban sus fusiles HK G36.

Esa noche bajo un cielo estrellado, se encontraban junto al refugio de Mera los otros cuatro BMR pertenecientes a la Compañía española de Acción Rápida. Ubicados formando un círculo a la luz de la luna, la forma geométrica contrastaban con la desoladora homogeneidad del desierto. En medio de esta remota zona del planeta al oeste de Afganistán, en la provincia de Farah, a 5.700 quilómetros de Madrid y a más de 14.000 quilómetros de Guayaquil, dormía por última vez el soldado ecuatoriano Stanley Mera Vera perteneciente al ejército español.

Seis años antes, coincidiendo con el comienzo de la guerra de Afganistán, España inició un proceso de profesionalización de su Ejército. La supresión del servicio obligatorio en el año 2001 desembocó en una sensible disminución de soldados y muchas unidades quedaron prácticamente vacías al punto de que algunos buques no salían a navegar por falta de personal. Con el fin de cubrir las plazas vacantes, un año más tarde, el 29 de noviembre del año 2002 el gobierno aprobó por Real Decreto el ingreso de extranjeros en el ejército, limitándose a latinoamericanos y guineocuatorianos debido a los vínculos históricos.

El Ministerio de Defensa declaró por entonces que el ingreso se debía a que “la inmigración no solo necesitaba una disposición solidaria de la sociedad española, sino que además imponía un esfuerzo de todas las Administraciones Publicas, incluyendo a las Fuerzas Armadas”.

El decreto del año 2002 permitía un cupo de hasta un 2% de extranjeros. Sin embargo no fue suficiente y dos años más tarde fue modificado, ampliándolo a un máximo de 7%. El 4 de mayo del 2007, el porcentaje fue modificado nuevamente y el número se amplió al 9% actual.

Sobre una de las esquinas del monumental edificio del Ministerio de Defensa, en una amplia oficina ubicada en el séptimo piso se encuentra, al final de un largo pasillo, el despacho 731 del Subdirector General de la Dirección General de Reclutamiento y Enseñanza Militar. En el extremo opuesto a la puerta de la oficina de unos veinte metros cuadrados se ubica, de espaldas a una de las tres grandes ventanas con cortinas blancas que tamizan la luz de un mediodía primaveral, un grueso y ancho escritorio de madera oscura.

Detrás, una impecable figura de un metro ochenta revisa unos papeles mientras con la mano derecha se acomoda una espesa cabellera entrada en canas. Uniformado con una camisa blanca minuciosamente planchada y un pantalón negro haciendo juego con los zapatos y las hombreras, el Contralmirante se levanta elegantemente de una cómoda silla de escritorio y se acerca seriamente camuflado tras una sonrisa. Y estirando la mano con firmeza, dice en tono descansado:

-Buenos días, Contraalmirante Luis Cayetano y Garrido, Subdirector general de la Dirección de Reclutamiento y Enseñanza Militar.

Inmediatamente el uniformado toma asiento junto a una mesa redonda de madera clara donde suele dar las entrevistas en el extremo opuesto al escritorio, justo enfrente a la puerta de entrada. Al otro lado se acomoda el Comandante Navarro. Una figura menos impactante de pelo blanco y vestido de uniforme verde oliva cuya función es responder a las preguntas más específicas.

Tras una breve presentación sobre el ingreso de los inmigrantes en el ejército, el Contraalmirante afirma: “al día de hoy, en el Ministerio de Defensa no tenemos información rigurosa de si se tiene pensado aumentar el porcentaje de inmigrantes, dependerá de la evolución de los efectivos en el futuro”. Actualmente, las FA han alcanzado la meta de 86.000 soldados. “Particularmente creo que actualmente no hay necesidad”, agrega.

Hace más de un año la institución debió abrir las puertas a extranjeros titulados en medicina, debido a los problemas de los últimos años para reclutar médicos españoles. Sin embargo, desde que se permitió el ingreso de los extranjeros en el año 2002, estos no tienen posibilidad de ascender, ni de permanecer más de seis años en el ejército a no ser que obtengan la ciudadanía española. Su ingreso además se restringe a determinadas unidades.

Las condiciones son tener Permiso de Residencia temporal o permanente, ser mayor de edad, menor de 27 años y medir entre 1,55 y 2,03 metros. “Los requisitos son bastante claros, nosotros podemos contratar a ciudadanos de esos países si tienen el permiso de residencia”. Por lo tanto, para los jóvenes inmigrantes que no consiguen un contrato de trabajo, el ejército se ha convertido en una fuente de trabajo casi segura.

S.G. -No sé, yo hablo de las condiciones de las Fuerzas Armadas. Para cosas más concretas mi comandante le puede responder. ¿Tu quieres ampliar algo Pepe?”.

T. -La condición es la residencia legal. Una vez que se hace la prueba de ingreso y se asigna la plaza, se tramita el cambio de actividad que consiste en poner efectivamente la tarjeta de residencia en el departamento de inmigración correspondiente.

Julio Cesar Gualta es un ecuatoriano de 23 de años que vive hace tres en Barcelona y llegó sin permiso de trabajo. Previamente vivía en Guayaquil, ciudad donde nació, con su madre y hermana mientras su padre, quien había pertenecido al ejército ecuatoriano, trabajaba en España desde el año 1999.

De pequeño estudió en el colegio naval y desde entonces le interesa el ejército. Cuando terminó el colegio, aunque quería ser ingeniero de sistemas decidió no entrar a la universidad y esperar a que le saliera la residencia en España. Cuando el padre consiguió transmitirle el beneficio que igualmente le impedía trabajar, se mudó. Al poco tiempo, casualmente encontró un stand del ejército con un soldado ecuatoriano. “Me explicó que cogían latinoamericanos, llamé, saqué una cita, di las pruebas y entré”, dice. Aunque Julio no tenía permiso de trabajo, no tuvo problemas: “si tienes residencia, ellos la tramitan para que te la cambien por trabajo”.

Cuando dio las pruebas en el cuartel del Bruc en Barcelona le dieron una lista con plazas para extranjeros y eligió en primer lugar a los cazadores de montaña porque era la base más cercana a su casa. Hoy vive con su padre y sus hermanos y trabaja de ocho a cuatro como cualquier otro trabajador, aunque conoce sus restricciones. “Para ascender tienes que ser nacional”, afirma, por eso este año comenzará a tramitar la ciudadanía para poder hacer carrera.

El ingreso de los extranjeros en las FA sin embargo se ha visto afectado por la crisis económica ya que con la falta de trabajo el Ejército ha despertado el interés de los españoles. Hay de todo, “gente que de verdad le gusta y otros que entran porque no hay trabajo”, dice. Para extranjeros, “antes salían muchas plazas, pero ahora salen muy pocas, le dan prioridad a los españoles”, agrega. Sin embargo, en Ceuta y Melilla para la Legión todavía salen. Pero “es muy duro”, “¿quién va a querer ir para allá?”.

La madrugada del 24 de setiembre del año 2007, hacia las cinco y media de la mañana, cuando Stanley Mera Vera aun dormía, se asomaron los primeros rayos de luz por detrás del horizonte recortado por la inacabable cadena montañosa donde comienza el Hindu Kush. El paisaje lunar, que durante la noche hacia juego con el cielo lleno de estrellas, comenzaba a transformarse con el pasar de las horas en un infierno terrenal.

Mera nació en Guayaquil. A los ocho años, su madre quien hacía cuatro años había emigrado a España volvió a buscarlo para llevárselo junto a sus hermanos a Madrid. Distanciado de su padre se crió en el humilde barrio de Carabanchel y cuando cumplió los dieciocho, siguiendo los pasos de su hermano mayor Ángel decidió ingresar en el Ejército. Tras realizar el periodo de instrucción en Murcia ingresó en la Primera Bandera Paracaidista con base en la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama.

Rubén López, compañero y amigo con quien pasaba la mayor parte del tiempo recuerda que Mera “estaba en el ejército porque le gustaba”. Como soldado “era tranquilo, hacia su trabajo y cumplía siempre. No lo arrestaron ni una vez”, recuerda. Durante las tardes en el cuartel jugaba al futbol con los compañeros y los fines de semana si bien a veces se iba de copas con los amigos le dedicaba la mayor parte del tiempo a su novia.

A los dos años, cuando ya había cumplido los veinte, su batallón fue encomendado a una misión en Afganistán donde integraría la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), dirigida por la OTAN. Previo al viaje, Mera tenía un gran entusiasmo recuerda Rubén: “teníamos un poco de nervio, pero estábamos con ganas”. Mera decía siempre que, “por España lo que sea”.

“!Diana. Venga!”, fue el grito que despertó a Mera el 24 de setiembre. Como cada mañana durante las misiones fuera de la base, hacia las seis, el soldado que cubría el último turno de la guardia pegaba un grito que despertaba al pelotón. Tras estirar los cuerpos encorvados por la incomodidad de un sueño improvisado, los ocho soldados y el intérprete se enjuagaron resumidamente la cara y los dientes con la preciada agua. En medio del desierto y con una reserva milimetrada, ducharse era simplemente inimaginable.

Luego abrió el tubo donde se encontraba la leche condensada, vertió el líquido dentro de una botella con agua y lo batió hasta disolverlo. Al igual que los últimos diez días, la ración del desayuno se limitaba a unas cuantas galletas apuradas a largos tragos del espeso líquido. Tras la primera de las cuatro comidas del día, el capitán Francisco Javier Rodríguez Crespo, jefe de la compañía QRF reunió a sus soldados y les explicó que patrullarían la zona que incluía los poblados entorno a Shewan cercanos a la denominada Ring Road. La misión: mantener controlado el tramo asignado de la única ruta asfaltada que comunicaba a las principales ciudades del país.

Esta zona, una de las más peligrosas de Afganistán era vigilada por fuerzas españolas, italianas y norteamericanas, por misiones que en teoría debían durar entre nueve y diez días. Sin embargo, debido a que habían encontrado el coche abandonado de dos militares de inteligencia italianos secuestrados, la misión se había prolongado más de lo previsto. Este era el onceavo día del pelotón fuera de la base de Herat. El onceavo día que Mera dormía sobre una lamina de acero.

Ese año, había como Mera otros 1.919 ecuatorianos alistados en el Ejército Español. Con Ecuador a la cabeza del ranking, le seguía Colombia con 1.872 alistados y Bolivia con 201. Para ese entonces, las FA españolas contaban con casi cinco mil soldados extranjeros que representaban el 5% del total de los efectivos, mientras la Brigada Paracaidista a la cual pertenecía Mera estaba integrada por un 28% de extranjeros.

Actualmente, según las FA, de los 86.000 soldados que integran el Ejército, el 9% son extranjeros, es decir unos 7.700 soldados. Pero el hermetismo institucional no permite saber la cantidad exacta.

La nueva organización de las FA tiene una estructura más simplificada y potencia las unidades ligeras con mayor capacidad de movilidad. Dentro de las unidades de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra, que son las unidades operativas, se encuentran la Brigada de Infantería Ligera Paracaidista, la Brigada de Cazadores de Montaña y la Brigada de la Legión.

Estas unidades, las asignadas a las Misiones de Paz, de las cuales el Ejército participa con unos 3.000 soldados, son las que corren los mayores riesgos. Según la Dirección de Reclutamiento del Ejército, España cuenta con 1.129 soldados en Afganistán de los cuales solo 80 son extranjeros, mientras que en el Líbano hay 1.243 soldados y apenas 155 no son españoles. Si bien según estas cifras los extranjeros representan el 10% de los enviados al frente, el número es bastante mayor ya que según los propios soldados, estos superan el 30% y en algunos casos el 40% del total.

Sentado junto a la mesa redonda de madera ubicada frente a la puerta, el Contraalmirante Luis Cayetano y Garrido juega distraídamente con las delgadas patillas de sus anteojos. Tras un breve silencio retoma el diálogo y afirma que las unidades a las cuales los extranjeros tienen permitido ingresar, ha habido una evolución. Hay una orden ministerial que lo regula, pero “para el ejército de tierra no hay restricciones en ninguna unidad, para la armada tampoco excepto muy pocas y en el aire pueden ingresar a casi todas las unidades excepto algunas de mando y control”, dice.

El acceso de los extranjeros a una unidad viene condicionado a la especialidad, “hay algunas un poco sensibles que no se dan a extranjeros” afirma. Hay que conjugar determinadas unidades con determinadas especialidades, “pero son muy pocas, realmente no hay ninguna diferencia” agrega.

P. -¿Los extranjeros no tienen el ingreso prácticamente limitado a la Legión, a los Cazadores de Montaña, y a la Brigada Paracaidistas?

S.G. -¡No, no, no! Están abiertos a todo. No sé quién le ha dado esa información. A todas las unidades y a todas las especialidades. Esa información no es exacta.

El Comandante Navarro quien escucha atentamente manosea el informe que se me ha preparado mientras afirma lentamente con la cabeza. A diez minutos de haber comenzado la entrevista el Contraalmirante propone derivarla al Comandante Navarro, sin embargo la entrevista sigue.

En cuanto a si es cierto que el 30% en las unidades operativas son extranjeros, el Subdirector General afirma notoriamente irritado, no saber. Tras una breve pausa continúa: “Podría ser que hubiera algunas unidades con hasta un 30 %, pero el tope con el que jugamos es del 9%. Eso es una media y habrá unidades donde habrá más y otras menos”. Esos “son datos que no puedo contrastar en este momento. Pero podría si quisiera”, agrega.

Apenas concluye, el Subdirector General da la palabra al Teniente Navarro para que termine de cerrar la idea. Y Navarro, como tomando las riendas sin demasiada confianza, afirma: “no hay limitación por unidad, el porcentaje se limita a las FA. Puede ser que haya ejércitos por encima de ese porcentaje”.

Julio Cesar Gualta pertenece a la Brigada de Cazadores de Montaña del Bruc y aún no le ha tocado irse de misión. Hace más de dos años, tras solicitar su ingreso en las  FA realizó el curso de tres meses de formación inicial en Cáceres. Durante los primeros dos meses los soldados pueden abandonar el curso sin convertirse en desertores. A partir del tercero donde la instrucción es mas especifica ya no está permitido. Durante ese periodo se jura la bandera y se firma el contrato, por dos o tres años. En su caso, el contrato fue por dos.

Si bien a Julio le gustan los Cazadores de Montaña en un futuro le gustaría trasladarse a la Brigada de Paracaidistas de Madrid. Sin embargo, afirma que los puestos para extranjeros son limitados. En general, “para el ejército de tierra salen más, pero para el aire no salen y para la armada contados”. Además, “salen plazas para unidades operativas, pero para otras especialidades como transmisión, ya no”.

“Allí tratan a todos por igual”, dice el joven ecuatoriano, sin embargo, en cuanto a la proporción “en mi compañía somos unos treinta extranjeros”, de unos cien que componen la unidad. Y es que “a los extranjeros nos meten en esas unidades que son operativas, ¿me entiende?, que son duras”.

El día 24 de setiembre del año 2007, Stanley Mera Vera llevaba casi cuatro meses de misión y le quedaba apenas uno y medio para regresar a casa. El tiempo que le lleva al extremo clima afgano pasar del recalcitrante sol que diseca la superficie de la tierra, a los fríos glaciares que tiñen el desierto de blanco. Para entonces, la Brigada habría vuelto a casa y en su lugar se encontrarían los cazadores de montaña especialmente entrenados para el invierno.

Hacia el este del desierto donde pasaron la noche los cinco BMR de la Compañía de Acción Rápida, se elevaban los primeros picos del Hindu Kush. La explanada interminable de color gris, contrastaba únicamente con un pequeño poblado a unos cuatrocientos metros. Con unas pocas manzanas reconstruidas por casas de barro, el pueblo se comunicaba con la Ring Road por un camino de a apenas un quilómetro de largo. Por el costado, corría un hilo de agua del cual subsistía el pueblo durante los meses de sequia. De unos ocho metros de ancho, tenía una profundidad que le permitía el paso hasta el más pequeño de los niños pastún que habitan la zona, etnia mayoritaria en el este y sur de Afganistán.

Esa mañana, después de recibir las órdenes del día, Mera recogió sus pertenencias, se puso la camisa que hacía juego con el pantalón y luego el incómodo chaleco antibala que no le permitía apoyar la culata del fusil. Se colocó el casco, cogió su HK G36 y se subió por última vez al Conquistador. Con ese nombre, Mera y sus colegas habían bautizado al BMR tras una larga discusión en la que algunos se habían inclinado por el nombre de Babieca en honor al caballo de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, quien en el siglo XI echó a los árabes de España.

El soldado español Rubén López, que en su momento se había inclinado por el nombre Babieca, considera hoy que su Brigada junto a La Legión y los Cazadores de Montaña son las más sacrificadas porque son las únicas que salen de misión. Y como los nacionales “quieren trabajar poco y arriesgarse lo menos posible, no se cubren las plazas y tienen que echar mano de los extranjeros”.

Allí “se trata a todos por igual” dice, aunque los españoles tienen prioridad para elegir. “En el ejercito de aire no hay extranjeros”, pero en las unidades que van al frente y donde él mismo perdió una pierna, “en todos los pelotones hay inmigrantes. Ponle que un 40 %”, estima.

El número de extranjeros en el ejército adquirió un volumen considerable a partir del 2006. Ese año, de un total de 79.953 soldados, 3.548 eran extranjeros, el 4.5%. En diciembre de ese año, las FA tenían unos 2.800 soldados desplegados en Misiones de Paz de los que 690 estaban en Afganistán, cifra que hoy alcanza los 1.129 soldados.

Según un recuento basado en información recopilada a partir de artículos de prensa, desde el año 2006 han muerto por accidentes, infartos o atentados 36 soldados de las FA en misiones de paz. Por atentados, motivo que afecta obviamente a las unidades más expuestas, han fallecido 18 personas, 16 soldados de tierra y dos de la Guardia Civil, de los cuales 11 eran españoles y 7 extranjeros. Por lo tanto el 39% de las muertes directamente vinculadas al combate eran extranjeros, cuando estos apenas representan el 9% del total.

Con mirada interrogativa, El Subdirector General reacomoda el cuerpo sobre la silla mientras el Teniente Navarro no deja de marear las hojas del informe. “Lo que sí le digo es que en su momento salieron noticias un poco confusas que no se ajustan a los datos que maneja el Ministerio de Defensa”, afirma pausadamente el Contraalmirante.

P -¿No es llamativo que casi el 40% de los fallecidos en atentados sean extranjeros, cuando apenas representan el 9% de las FA?

S.G. -Esta es una pregunta muy concreta que traslado a mi Comandante.

T.N. -Esos datos no son ciertos. Mire usted, han sido cinco los extranjeros que han muerto en Misiones de Paz y están registrados aquí en la base de datos del Ministerio de Defensa.

P. -¿Podría acceder a esa lista?

S.G. -No, no la tenemos. Esa no es nuestra responsabilidad. Si quiere otra entrevista sobre esos temas tendría que dirigirse a la oficina de comunicación. Yo vengo aquí a hablar de reclutamiento, esta última pregunta no está dentro del guión. No tengo esos datos, no es que no le queramos ayudar.

P. -¿Y en cuanto a la proporción de los fallecidos?

T.N. -Le puedo decir que han muerto 38 nacionales desde que se están realizando misiones internacionales, así que saque cuentas. ¡Es que los números hay que saberlos manejar!

Unos meses antes de la categórica afirmación del Teniente Navarro, el periódico El País de España había sacado el siguiente titular: “160 militares muertos en misiones de paz”.

Mirando de reojo el reloj de malla plateada sobre su muñeca izquierda, el Subdirector General de Reclutamiento y Enseñanza Militar da por terminada la entrevista con una breve sonrisa. Elegantemente se levanta de la silla junto a la mesa redonda de madera y con un firme estirón de mano concluye: “Mi responsabilidad es el planeamiento y gestión de recursos humanos. Por cualquier otra consulta estoy a su disposición. Buenos días”.

La mañana del 24 de setiembre del año 2007, aproximadamente a las nueve, los cinco vehículos de la Compañía de Acción Rápida encendieron sus motores. Formando una columna con el Conquistador a la cabeza se dirigieron en dirección al pueblo que se encontraba a unos quinientos metros, del otro lado del río por el cual corría la gélida agua que bajaba de las montañas.

A paso lento pero firme, avanzaba la columna de los BMR dejando una densa nube de polvo tras de sí. En el segundo vehículo, un soldado asomado por una de las escotillas filmaba el avance de los conquistadores por el desierto intercambiando cómplices miradas con los soldados que asomaban del vehículo de adelante. Al llegar al rio, el Conquistador aceleró el paso generando una pequeña ola que quedaría registrada por la cámara para la inmortalidad.

En ese instante, un camión desvencijado cargado de civiles avanzaba por el camino en dirección al pueblo. Luego de cruzar el río, los cinco semiblindado doblaron a la izquierda y emprendieron la marcha en la misma dirección. A unos cuantos metros y sobre un alto se veían las primeras casas del pueblo que mimetizado con el paisaje resaltaban por los colores de las túnicas de sus pobladores. Marchando lentamente y sin acercarse al camión, avanzaba la columna mientras dentro del Conquistador, aumentaba la temperatura minuto a minuto.

Sentado en el primer asiento del lado derecho, Mera sostenía su fusil mientras miraba de reojo por la diminuta ventana que tenia de frente. La oscuridad, el aire caliente y la tención, hacían del cubículo protector durante las noches, en un espacio amenazante.

En el momento en que el Conquistador se acercaba a las primeras casas, desde algún rincón del pueblo mimetizadas con el paisaje, alguien activó un detonador. La explosión sacudió uno de los vehículos BMR. Precisamente el que iba a la cabeza. Precisamente en la rueda trasera del lado derecho.

En el atentado fallecieron los soldados Stanley Mera Vera, Germán Pérez Burgos y el intérprete Roohulah Mosavi. Cuatro soldados resultaron gravemente heridos y el resto del pelotón sufrió heridas leves.

El suelo sobre el cual Mera había dormido tantas noches y que tantas veces le había protegido de los insectos le traicionó. La explosión transformó la lámina de acero, única pieza del vehículo sin blindar, en cientos de cuchillas que salieron disparadas dejando una estela de sangre y muerte tras de sí. La cámara que iba registrando el avance de los blindados decidió apagarse instantes antes, sepultando la última imagen del Conquistado bajo el desierto de Afganistán.

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