La escalada de la violencia dispara la tensión en Egipto

Publicado en El Periódico de Catalunya 

Matanza

Un silencio intenso recorría la avenida principal de Ciudad Nasr, un suburbio al este de El Cairo, ayer al atardecer. Decenas de miles de espaldas alineadas se inclinaban al ritmo de las oraciones que provenían de la mezquita Raba al Adawiya, mientras el sol se ponía detrás de los minaretes. Desde ese mismo lugar, al amanecer se escucharon los disparos de los enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas y los simpatizantes del ex presidente Mohamed Mursi. A escasos quilómetros de allí, frente al cuartel de la Guardia Republicana, 51 personas murieron y mas de 300 resultaron heridas por disparos del ejercito.

Una tunica blanca manchada de rojo oscuro, colgaba de una de los tensores de una carpa instalada sobre el cantero central de la avenida. A poca distancia de allí, un joven con un casco y chaleco cacheaba a la gente que cruzaba el cerco de seguridad para acceder a la concentración. “Welcome to Egypt”, afirma un guardia con una sonrisa.  “Estábamos rezando cuando los militares nos atacaron”, recuerda Mady Zalat de 33 años, otro de los integrantes del cuerpo de seguridad de los simpatizantes del ex presidente Mohamed Mursi. “Yo estaba aquí y he podido escuchar los tiros”, contaba Mohamed Mahmet, un administrador contable de 32 años. “ No sé que pasará, pero Dios nos ayudará”.

Bajo los toldos y carpas, sobre las aceras y el cantero central, grupos de hombres descansaban acostados sobre alfombras. “El ejercito es un traidor”, se leía en ingles sobre una pancarta que exhibía una muchacha que traducía en un perfecto ingles las palabras de un imán. “Estaré  aquí hasta que regrese Mursi”, decía  Abdula Muhamed Shalaby, un doctor de teología de la Universidad Islámica de Al Azar de El Cairo, la institución mas prestigiosa de los sunies. “Ni con Mubarak pasaban por encima nuestros valores de esa forma”.

Junto a la mezquita, el centro medico que lleva el mismo nombre, atiende a los últimos heridos de la jornada, antes de derivarlos a los hospitales de la ciudad. Allí, aproximadamente 80 médicos atendieron durante toda la jornada a mas de 300 pacientes. El hall del antiguo edificio, ordenadamente dividido en secciones almacenaba el material sanitario que la gente había donado durante el día.

Haytham Mones, un investigador político de 27 años, acudía por segunda vez en la jornada con sus tres amigos. “Somos opositores de Mursi, pero estamos en contra del derramamiento de sangre, venga de donde venga”, afirmaba Mones, quien llevaba en la mano una bolsa con vendas, suero y algodón. “Mursi tiene que resignarse al veredicto de la gente en la calle. Él y el ejercito tienen que encontrar una solución, si no será difícil salir de este pantano”.

A las siete y media, cuando había terminado el rezo, los médicos y sus asistentes desenvolvían los paquetes de comida que se les había distribuido. Derrumbado en su silla, el doctor Mohamed Zanety, cirujano general contaba que a una hora de la matanza, los voluntarios ya habían montado un puesto de primeros auxilios. “Los hombre llegaban con perforaciones de bala en la cabeza y en el cuello y solo aquí han muerto doce personas”.

Afuera del centro medico, las decenas de miles de manifestantes se preparaban para otra noche de concentraciones junto a la mezquita donde han permanecido ininterrumpidamente durante los últimos días.

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