¿Saldrá de aquí el próximo Zuckerberg? Primera parte de “Derribando el muro digital”

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En el quilómetro 45 de la carretera nacional número 3, rodeada de campo y no muy lejos de San José, la ciudad más cercana, se encuentra la casa de la familia Zubiaga. Allí, en ese rincón de Uruguay, se crió Agustín, un adolescente que empezó a programar a los 12 años y que tres años más tarde, a principios del 2013, fue seleccionado entre los ganadores del Google Code-In, un concurso que convoca a jóvenes programadores de software libre de entre 13 y 17 años de todo el mundo.

“Conocer Google fue impresionante, era uno de mis sueños”, cuenta Agustín con entusiasmo. Como premio, el gigante de Internet invitó a los 20 ganadores a un viaje de cinco días a California para conocer las instalaciones de Mountain View, la mítica sede de la compañía. Pero el reconocimiento, además de hacer realidad su sueño de pisar Silicon Valley, traería más cambios a su vida. De la noche a la mañana Agustín se convirtió en la imagen del éxito del Plan Ceibal, el proyecto gubernamental que convirtió a Uruguay, de tres millones de habitantes, en el primer país del mundo en equipar a todos los alumnos de escuelas públicas con un ordenador portátil y conexión a Internet.

El plan, iniciado en el año 2007 e inspirado en el proyecto One Laptop per Child (OLPC), presentado por Nicholas Negroponte en el Foro Económico Mundial del 2005, tenía como objetivo promover la inclusión tecnológica y social con el fin de reducir la brecha digital. Un año y medio más tarde, a finales del 2008, el Plan Ceibal ya había entregado más de 175.000 ordenadores y había cubierto prácticamente la totalidad de las escuelas del país.

“A mi me dieron la XO [el nombre de los ordenadores] cuando tenía 11 años, y desde ahí empecé a probar cosas con ella. Hacía lo que podía”, recuerda Agustín. Hoy este joven, inmutable ante las cámaras, lleva cinco años programando y es desarrollador de Sugar Labs, el software libre de código abierto desarrollado por OLPC para los ordenadores XO. Y es precisamente por sus habilidades en ese lenguaje que ganó el concurso que le convirtió en el símbolo de la revolución tecnológica del país.

Según un informe del Departamento de Monitoreo y Evaluación del proyecto, en el 2012 tres de cada cuatro uruguayos tenían acceso a un ordenador. Pero el dato más significativo es el comparativo entre los diferentes sectores de la población. Mientras que en el 2006 poco más de la mitad de las personas pertenecientes al quintil más rico tenía acceso a un ordenador, esa cifra se reducía a un raquítico 5% entre los más pobre. Sin embargo, seis años más tarde, mientras el acceso de los más ricos había crecido al 83%, el de la quinta parte menos favorecidos alcanzaba el 73%. Estas cifras se deben en gran medida a la implementación del Plan Ceibal, que, además de entregar más de medio millón de ordenadores en seis años, conectó al 99% de los centros educativos a Internet.

“En síntesis te diría que en 2006 tener un computador e Internet era un privilegio y ahora es un derecho. Y ahí pasamos de una política de partido a una política de estado. En el Uruguay de hoy nadie piensa en eliminar el Plan Ceibal. Cada uno piensa en cómo mejorarlo”. Desde su oficina, Miguel Brechner, director del proyecto, explica como este derecho de los uruguayos, hoy consumado, pudo llevarse a cabo debido a la autonomía del proyecto y a su coste razonable, equivalente apenas al 5% del presupuesto educativo.

A seis años de su inicio, el Plan Ceibal no ha parado de expandirse y actualmente en su sede, ubicada dentro del complejo del LATU (Laboratorio Tecnológico del Uruguay), trabajan más de 300 técnicos. Desde allí se piensan y desarrollan las nuevas estrategias y contenidos educativos que luego son implementadas en los diferentes centros de educación primaria, secundaria y técnica, así como institutos privados que se han ido adhiriendo al plan.

“Creo que la brecha digital se resolvió muy bien”, ­prosigue Brechner. “Hoy todos tiene un laptop. La brecha de acceso también se ha resuelto, porque todos los estudiantes pueden acceder a Internet. Y, hecho esto, queda la brecha del conocimiento. Estamos encaminados, pero esto es mucho más difícil. No hay que creer que porque todos tengan un dispositivo resolvimos el problema del conocimiento. Es mucho más complejo”.

La imagen de los escolares con sus batas blancas, sus cintas azules en el cuello y los ordenadores verdes ya forman parte del paisaje nacional. Sin embargo, como afirma el ingeniero que propuso el plan al presidente Tabaré Vázquez en 2006, “estamos en un 20 o 25%” y ahora “el gran desafío es la integración de la pedagogía y la tecnología”.

Luces y sombras del Plan Ceibal

En la zona de Cebollatí, en el departamento de Lavalleja, a unos 280 km de Montevideo, se encuentra, aislada en medio de la pradera, una construcción amarilla de techo de chapa. Es la escuela rural Nº30, un pequeño refugio sin conexión eléctrica ni agua corriente que acoge a siete estudiantes de entre seis y once años. Un pequeño grupo de niños que han crecido en el Uruguay profundo y que día a día recorren varios quilómetros en moto, bicicleta o montados a caballo para ir a la escuela.

“Los trámites para la conexión eléctrica están, falta que nos hagan la instalación interna para conectarnos”. Y en cuanto al agua, “solo falta la electricidad para colocar la bomba”, explica Marta Fernández, la maestra de la escuela. Esta mujer, de 39 años, sabe que, a pesar de las dificultades, la Nº30 no es de las más desfavorecidas, y que en el país aún quedan 86 escuelas sin electrificar. La suya, en cambio, hace más de cuatro años fue conectada a un panel solar que alimenta dos baterías con las que alcanza para iluminar la clase, escuchar música, conectar el teléfono y alimentar el servidor de Internet.

Y es que hasta este alejado rincón también ha llegado el Plan Ceibal. Allí, al menos cuatro días por semana durante mínimo una hora, los alumnos de Marta trabajan con la mirada fija en las pantallas de sus XO, esas pequeñas máquinas que hace apenas un año acercaron el mundo a su aula. “Antes eran más dependientes, pero ahora con las XO los niños han descubierto nuevos intereses y se han vuelto más autónomos”, afirma Marta, que todos los días recorre 70 km para atender a sus niños. “El Plan Ceibal ha hecho que los niños sean más creativos, y me parece que eso le hacía falta a la educación”.

Si bien Marta reconoce los beneficios del plan, como la inmensa mayoría de los profesores y maestros del país, también tiene sus críticas. “No nos dieron las armas para enfrentarnos a esa nueva herramienta, tendríamos que haber tenido una etapa adaptativa. El niño sí, la maneja mejor que nosotros. Pero creo que es una herramienta que hay que saber manejar para poder usar”. La falta de capacitación de los docentes y los malos resultados en los tests educativos, algo que no se ha logrado revertir tras décadas de crisis en el sistema educativo, son la tónica de algunas de las críticas que ha recibido el Plan Ceibal.

Pero otros aspectos negativos, como el alto índice de desperfectos de las máquinas, se ha ido solucionando con campañas de concientización y el mejoramiento de los servicios técnicos, y actualmente el 70% del parque está en funcionamiento. En el Barrio del Cordón, ubicado en el centro de Montevideo, un par de casas viejas han sido reformadas para convertirse en los talleres de ServiInfo, una de las empresas privadas que se encarga del mantenimiento de las XO. Allí llegan diariamente cientos de ordenadores averiados que en menos de 72 horas deben estar de regreso a manos de sus dueños. Una antena quebrada, una pantalla dañada o una tarjeta quemada son las reparaciones a las que se enfrentan los técnicos, que a día de hoy conocen los ordenadores de memoria.

Pero este proceso, que parece automático, inicialmente también tuvo sus complicaciones debido a la gran demanda de repuestos. “El primer año no lo notamos. El segundo año empezaron a faltar piezas y al final nos dimos cuenta de que los ordenadores viejos eran una fuente inagotable de repuestos”, explica el gerente de la empresa, Alejandro Danielián. Cuando los ordenadores más viejos empezaron a ser retirados, tras cumplir sus cuatro años de vida útil, las piezas que aún estaban en buen estado empezaron a ser reutilizadas, y al poco tiempo se estaban desmantelando miles de ordenadores. Pero el proceso no quedó ahí y con el tiempo el Plan Ceibal y la empresa decidieron empezar a reconstruir ordenadores. Actualmente, gran parte de las XO que se entregan, si bien están impecables, son recicladas. Un nuevo y revolucionario proceso que “no solo significó un enorme ahorro económico sino también ambiental”.

 

Más allá de la XO

Si bien las XO son la cara visible del proyecto, infraestructuras como la conexión a Internet tienen un rol determinante. La Administración Nacional de Telecomunicaciones (ANTEL) es el ente público que garantiza que el 99% de los centros educativos estén conectados y que gran parte de ellos lo hagan a través de la fibra óptica. Desde una oficina en el último piso de la Torre de las Comunicaciones, la más alta de Uruguay, Carolina Cosse, la presidenta del ente público, afirma: “Desde el gobierno se ha tenido la voluntad de llevar adelante una política sostenida de atención a la persona a través de políticas públicas. Y Ceibal es un ejemplo en el cual ANTEL ha tenido un papel fundamental”.

En Uruguay el 62% de los hogares cuentan con conexión a Internet y en el 25% de los casos es a través de fibra óptica, una tecnología que para el 2015 llegará a todos los centros poblados del país. Iniciativas como esta o la implementación de las tecnologías de telefonía móvil de cuarta generación han colocado al país en la vanguardia latinoamericana en telecomunicaciones y han fortalecido aún más la ya reconocida industria del software. Y es que, a pesar de su tamaño, Uruguay es el tercer exportador de América Latina, con cerca de 300 empresas que emplean a más de 11.700 profesionales. Un sector que aporta al 2% del PIB y cuya mayor dificultad para seguir creciendo es la falta de mano de obra especializada.

A mediano y largo plazo el Plan Ceibal va a tener un impacto directo en el crecimiento de la industria, mas allá del acceso a los ordenadores y a Internet, afirma Pablo Salomón, el director de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI). “Porque si hablamos de que hoy tenemos escasez de recursos humanos calificados, ¿qué mejor que tener niños que cuando lleguen al mercado laboral hayan tenido contacto con la informática desde los 5 o 6 años?” Si bien la falta de mano de obra es un problema que afecta a toda la industria del software, quizás el área más afectada, por su complejidad, sea la de los videojuegos, un sector relativamente nuevo pero que se ha expandido hasta alcanzar la decena de empresas.

“A pesar de que el sector de los videojuegos sigue siendo pequeño, Uruguay está bien posicionada”, afirma Gonzalo Frasca, diseñador e investigador académico, que ha tenido clientes como Cartoon Networks, Disney o Lucasfilm y cuyo blog, Ludology.org, es una publicación de referencia en el ámbito  académico mundial. El experto se basa en que el país ha sacado juegos exitosos, y como ejemplo paradigmático está Kingdom Rush, que a principios de junio del 2013, en cuestión de horas, alcanzó el primer puesto en el ranking de descargas para iPad de Estados Unidos y otros 39 países.

“Nosotros creemos que Kingdom Rush, de alguna manera, generó como un  fanatismo. Y eso quizás es el mayor valor”, explica Álvaro Azofra, uno de los directores de la empresa Ironhide, que desarrolló el juego. Pero, a pesar del éxito, Álvaro sabe que lo que hacen no es fácil y que son varias las dificultades que estos nuevos emprendedores deben afrontar. La principal dificultad es animarse, y en Uruguay no hay esa cultura de tirarse al agua, afirma. “Nosotros también teníamos miedo, pero un día enloquecimos y nos pusimos a hacer videojuegos.  Nos salió bien. Pero podría habernos salido mal”.

Mientras tanto, Agustín Zubiaga desarrolla junto a su novia su primera aplicación, con la que espera tener éxito para poder dedicarse definitivamente a su gran pasión. “A mí la XO me cambió la vida. Descubrí que me gusta programar y que es lo que quiero para el resto de mi vida”, dice sonriendo desde el salón de su casa, en el quilómetro 45 de la carretera nacional número tres.

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