Agbogbloshie, la otra cara del desarrollo tecnológico

Publicado en La Nación

AFONDO

El chico de la boina se seca con una mano las gotas de sudor que le corren por la cara, mientras con la otra agita una barra metálica con la que remueve una enfurecida bola de fuego. De las llamas nace un denso humo negro. No el humo putrefacto de la quema de los residuos de la ciudad, sino un humo espeso, químico, que emana de una maraña de cables abrazados por las llamas.

Por detrás de la cortina gris se asoma la figura de dos, cinco, doce jóvenes camuflados tras una densa capa de hollín. Unos intentan encender los restos de algo que en su día se pareció al ordenador que tienes enfrente, otros remueven alguna que otra tímida fogata, y el resto miran cautivados el serpenteo de las llamas.

“Yo me dedico a quemar cables para obtener el cobre”, afirma mientras se acomoda la boina desteñida por el humo. Se trata de Abdurahim, un chico de 25 años que se ha pasado los últimos diez derritiendo cables en Agbogbloshie, un barrio de Accra, la capital de Ghana, que en los últimos años se ha convertido en el vertedero de desechos electrónicos más grande de África.

Aquí, en este cementerio electrónico que cubre un área del tamaño de 11 campos de fútbol, además de quemarse cables, se amontonan pilas de monitores, ordenadores, teclados, impresoras, televisores, reproductores VHS y los restos de un sinfín de artilugios irreconocibles. Chatarra proveniente en su mayoría de países desarrollados que es clasificada para luego ser descuartizada para la extracción de metales valiosos como el cobre, el aluminio, el hierro o el oro. “Nosotros nos dedicamos a comprar desechos para desmantelarlos y quitarles las piezas valiosas”, afirma Yussif Mahama, el vicepresidente de Asociación de Distribuidores de Chatarra de Gran Accra. Y es que, para hacerse una idea, el 10% del preciado metal dorado de todo el mundo se utiliza en la fabricación de aparatos electrónicos.

En el año 2013 se vendieron en el mundo casi 50 millones de televisores planos, 300 millones de ordenadores y 2.000 millones de móviles. Una producción que acerca el desarrollo a cada vez más personas alrededor del planeta, pero que también responde a un consumo exacervado que implica consecuencias tan tangibles como el problema de la basura digital. Según la ONU, anualmente se generan entre 20 y 50 millones de toneladas de basura electrónica, y la producción sigue aumentando.

Con el fin de asegurar el adecuado reciclaje de estos aparatos, en Europa cada producto incluye en su precio una tasa de reciclaje por el que se recaudan unos 4.000 millones de euros al año. Sin embargo, se calcula que al menos dos tercios de los residuos nunca llegan a una planta de reciclaje homologada. Esto se debe a que el coste de hacerlo en Europa es mucho mayor que el coste de exportarlos. Mientras que reciclar un ordenador en Alemania cuesta tres euros y medio y un monitor en Francia cinco, enviar una pieza en un contenedor a Ghana no cuesta más de un euro y medio.

Por ello, con el fin de proteger a los países subdesarrollados, desde el 1989 la exportación de desechos peligrosos está prohibida. Todos los países menos Estados Unidos -responsable de 9,5 millones de toneladas anuales-, Afganistán y Haití han ratificado el Convenio de Basilea. Pero a pesar de la prohibición, los países desarrollados recurren a las donaciones y a la excusa de la reducción de la brecha digital para deshacerse de sus viejos ordenadores. De esta manera, basura proveniente de EEUU, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Dinamarca y España, entre otros, llena cada mes unos 600 contenedores que llegan al puerto de Tema, el más grande de Ghana. Unos productos que en algunos casos pertenecieron a ayuntamientos, instituciones y empresas de países desarrollados y que son importados por tiendas de electrónica e intermediarios locales.

El Vertedero 2-3

“A los países europeos, a EEUU o a Japón no les importa enviar sus residuos fuera con tal de que estén lejos”, denuncia Cosima Dannoritzer, la directora de cine alemana y autora de ‘La tragedia electrónica’, un documental estrenado en 2014 con el que trata de cerrar el círculo iniciado en ‘Comprar, tirar, comprar’ que aborda los efectos de la obsolescencia programada. “Es como barrer y esconder el polvo bajo la alfombra. Con la diferencia de que esta alfombra está en nuestra casa: es nuestro planeta”.

En su nuevo documental, Dannoritzer ha centrado su investigación en los residuos electrónicos que generamos, su reciclaje ilegal y su tráfico desde Europa y EEUU hasta vertederos de Ghana y China a través del rastreo de los dispositivos electrónicos encontrados en Agbogbloshie –un lugar que define como “apocalíptico”–.

La cantidad de residuos que llegan a África se ha duplicado en los últimos tiempos afirma la documentalista quien calcula que el tráfico ilegal de la basura mueve ya más dinero que el negocio de la droga. Además, la misma basura se ha convertido en una metáfora de la humanidad según ella. “Somos lo que tiramos. La basura es el retrato más fiel de las personas. De aquí a unos siglos, cuando los arqueólogos del futuro excaven para buscar testimonios de nuestras sociedades, se toparán con montañas de basura, y mucha de ella será electrónica”.

De momento, el enorme volumen de basura que los países desarrollados envía al puerto de Accra supera ampliamente las capacidades de las autoridades aduaneras y termina inundando los vertederos locales. Según una estimación, entre el 25% y el 75% de los bienes exportados a África como productos de segunda mano no son reutilizables. Y, como consecuencia, “alrededor del año 2000, cuando el material inutilizable empezó a acumularse, se creó el vertedero de Agbogbloshie”, recuerda Yussif Mahama.

Pero para que el negocio de la basura digital fuera viable hacía falta otro componente: la mano de obra barata de los países subdesarrollados. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hacia el año 2002 más de la mitad de la fuerza laboral urbana en África subsahariana se dedicaba al sector informal. Esto se debió, según un informe de Martin Oteen-Ababio para el African Studies Quarterly, a las políticas económicas neoliberales adoptadas por el gobierno de Ghana desde 1983, tras años de declive económico y que culminaron con la liberalización del comercio. La privatización de las empresas estatales, la eliminación de los subsidios y la austeridad fomentaron aun más el desempleo formal y la sociedad pasó a depender de las “industrias de supervivencia”.

Según el estudio de Oteng-Ababio, en Ghana, la recuperación de metales valiosos genera a los trabajadores ingresos de unos tres dólares y medio al día, casi dos veces y medio el ingreso de un trabajador informal medio. Este es el motivo por el que miles de personas se vieron atraídas por el negocio de la basura electrónica. Y si bien es difícil determinar el número exacto debido a la falta de registros, según Yussif, a día de hoy, al menos 3.000 personas trabajan en Agbogbloshie.

Lo que sí se sabe es que el 90% de los recicladores llegan a Accra -ciudad situada al sur del país, donde la población es mayoritariamente cristiana- provenientes del norte musulmán, la parte más subdesarrollada y azotada desde hace años por la violencia interétnica. “Con el conflicto llegó mucha gente, y nosotros fuimos quienes empezamos a organizarlos”, afirma Joseph Odartey Lamptey, delegado de la Autoridad Nacional de Jóvenes de Accra. Al principio los jóvenes se dedicaban a comprar metales pero no entraban al vertedero; en cambio, con el tiempo también empezaron a dedicarse a la recuperación de metales, explica.

Este es el caso de Sam Sandow, un hombre de 32 años que se pasa el día en su taller de paredes y techo de chapa desarmando todo tipo de electrodomésticos. Sentado sobre la carcasa de un monitor, hora tras hora repite el mismo movimiento. Escoge la pieza entre una montaña de chatarra, la afirma sobre el suelo de tierra y la aprieta con sus piernas para luego con una maza golpearla hasta separar la pieza valiosa. “Yo me dedico a desmantelar aparatos. Lo que saco de aluminio y cobre, o a veces si recupero alguna tarjeta madre, se lo vendo a los comerciantes de basura” explica Sam desde el alero de su taller. Uno de los cientos que conforman el complejo entramado de pasadillos de Agbogbloshie.

Si bien Sam sobrevive gracias a su trabajo, también se queja de las malas condiciones del lugar. “Aquí está todo sucio, hay chatarra por todas partes y la basura ha bloqueado la corriente de agua de la laguna”, dice. Sin embargo, lo más grave son las quemas en el descampado que comienza donde terminan las casetas de chapa. “Allí están todo el día quemando cables, y eso no es bueno para la gente”.

Si bien gran parte de los trabajadores que se dedican al desmantelamiento son hombres adultos -ya que se trata de un trabajo monopolizado por el sexo masculino-, quienes se dedican a la quema de cables son adolescentes y niños. De hecho, aproximadamente el 40% del total de los trabajadores son chicos de hasta cinco años enviados por sus padres para ayudarles económicamente. Niños que viven en el barrio de Agbogbloshie, donde habitan unas 40.000 personas, que en su mayoría van a la escuela por la mañana y por la tarde trabajan recolectando pequeños trozos de metal o arrastrando carros repletos de basura digital por un dólar y medio al día con lo que ayudan a sus familias.

Los metales recuperados los venden a intermediarios que, a su vez, los venden a empresas que los exportan a países asiáticos como China o Emiratos Árabes. Y es que la basura digital, una industria global de siete billones de dólares, juega en Ghana un papel fundamental empleando indirectamente a unas 30.000 personas y aportando anualmente entre 105 y 268 millones de dólares al país. Este negocio basado en la economía en negro, sin embargo, también ha llevado a la aparición de entidades dinámicas con intensos vínculos entre la economía formal e informal. Un negocio que beneficia a unos 200.000 ghaneses, incluyendo a los familiares que reciben las remesas pero que sin embargo tiene graves consecuencias para los trabajadores y para el medio ambiente.

En algunas zonas de Agbogbloshie la concentración de plomo en el suelo llega a superar en mil veces la tolerada y la contaminación de aguas subterráneas y del aire han provocado la desaparición de la biodiversidad. “Estamos arruinando el medio ambiente. Por eso pedimos al gobierno y a las organizaciones que nos ayuden para no seguir contaminando”, afirma Sam. Sin embargo, al igual que el resto de quienes trabajan en los pequeños talleres, su mayor preocupación se centra en las incineraciones.

Y es que más grave que la destrucción del medio ambiente es la continua exposición de los trabajadores a sustancias tóxicas como el mercurio, los retardantes de llama bromados o el cadmio mediante la inhalación de humos. La acumulación de estas sustancias en el cuerpo puede producir a mediano y largo plazo enfermedades que a menudo son irreversibles. Desde dolores de cabeza, tos, erupciones y quemaduras hasta enfermedades respiratorias, abortos involuntarios, problemas reproductivos y la generación de diferentes tipos de cáncer.

Con el fin de mejorar las condiciones de trabajo en Agbogbloshie, un grupo de jóvenes ha creado el proyecto QAMP, Plataforma de Creadores del Espacio de Agbogbloshie. “Buscamos transformar el terreno en una especie de comunidad de jóvenes emprendedores”, afirma DK Osseo-Asare, uno de los fundadores de la organización. Para ello QAMP realiza talleres para hablar con los jóvenes sobre su trabajo y sus aspiraciones con el fin de conectarlos como comunidad, ayudarlos a crear una estrategia a futuro y colaborar en los aspectos técnicos.

“La realidad es que sí hay problemas de polución, y de hecho los jóvenes están muriendo”, afirma este arquitecto mitad norteamericano mitad ghanés. “Pero a la vez estas personas están ayudando a sus familias”. De hecho hay aldeas enteras en el norte del país que viven gracias a Agbogbloshie, y se está llevando el desarrollo a zonas remotas de Ghana. “Por lo tanto el problema tiene una doble lectura, su lado bueno y su lado malo”.

A pesar del enorme impacto del negocio de la basura digital en la sociedad ghanesa, hasta el momento el parlamento no ha aprobado una ley que regule su importación. Pero para Atiemo Sampson Manukure, investigador del Centro de Investigación de Química Nuclear y Medio Ambiente, no es solo un problema de Ghana. “Si la UE aplicara sus protocolos el problema no existiría, pero los países desarrollados no tienen interés en resolverlo debido a los altos costes. Por lo tanto, Ghana sola no podrá hacer mucho”.

Mientras tanto, la tierra cubierta de restos plásticos y metálicos en el descampado de Agbogbloshie está cada vez más negra, más contaminada, más inerte. Solo sobreviven las vacas solitarias que aparecen y desaparecen entre las nubes de humo en busca de una bocanada de oxígeno y los chicos que cargan carcasas de monitores repletas de cables para encender la siguiente hoguera.

Las llamas que Abdurahim domaba con su barra metálica hasta hace un momento se han extinguido y la violenta nube negra se ha convertido en una serena neblina. El recubrimiento plástico de los cables se ha consumido y tras una capa de hollín se asoma ahora el rojizo metálico del cobre, el metal por el cual Abdurahim y tantos otros jóvenes se dejan la vida día a día. “Cada mañana cuando me levanto me duele el pecho”, dice mientras se acomoda la boina desteñida. Y tras tomarle el peso al preciado metal, agrega: “Es peligroso estar aquí. En el fututo me gustaría cambiar de trabajo”. Luego recoge la maraña de hilos de cobre, los acomoda dentro de una mochila y se pierde entre la niebla.

 

 

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