Mi teléfono móvil es una billetera

Publicado en Etiqueta Negra
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En Occidente seguimos pagando hasta trescientos euros cada año por tener una cuenta en un banco. En los países de África subsahariana pueden hacer sus compras con un móvil sin usar Internet y sin pagar comisiones. El sistema Mobile Money ha revolucionado las finanzas en las regiones más pobres del mundo.
¿Por qué necesitamos bancos si en África alcanza con teléfonos celulares?

Una historia de Jerónimo Giorgi y Angelo Attanasio, Ilustraciones de Lu Falen

Barry Apudo Macharia compró una cerveza Tusker apretando la tecla M-Pesa en su teléfono móvil. Estábamos en un bar de Nairobi, la capital de Kenia, donde las sillas eran de plástico y el suelo de tierra, pero Barry Apudo pagó ciento ochenta chelines —equivalentes a un euro y medio— por la cerveza más popular de Kenia sin usar billetes ni conectarse a Internet. Sólo tecleó en su teléfono un número de seis cifras —el código M-Pesa del bar— y lo envió por SMS para pagar su cerveza. M-Pesa en Swahili, el idioma de Kenia, significa dinero móvil. Quienes tenemos una cuenta en un banco pagamos cada año hasta trecientos euros por gastos de mantenimiento y por tener una tarjeta de débito. También pagamos por hacer una transferencia bancaria y por usar un cajero automático que no es de nuestro banco. Barry Apudo no pagó ni un céntimo de comisión por comprar su cerveza.

 

Barry Apudo es un keniano alto de treinta y cinco años que usa gafas de aumento, viste una americana negra y tiene un tono de voz alegre, como el de un vendedor joven. «M-Pesa ha sido una revolución», dice, y sonríe. Apudo trabajaba como asesor técnico de empresas de telefonía móvil en la Asociación de Proveedores de Telecomunicaciones de Kenia. En los últimos quince años, en el mundo se han creado distintas empresas de pago online como PayPal, Mobile Wallet y, recientemente, Apple Pay, el nuevo medio de pago incorporado en el iPhone 6, con el que se puede hacer compras a través de una tarjeta de crédito asociada a la ID de Apple. Ninguno de estos servicios online supera en precio al sistema con el que Apudo pagó su cerveza. PayPal cobra entre tres y cuatro euros por recibir dinero en una cuenta o enviarlo fuera del espacio económico europeo. Western Union, la compañía internacional de transferencia de divisas, ha bajado un dos por ciento su tarifa para competir con la africana M-Pesa, y cobra dos euros por cada cien euros envidos. M-Pesa cobra 1,7 euros por cada envío de cien euros entre sus usuarios, tiene sucursales en dieciséis países y ya es la plataforma de Mobile Money más grande del mundo. Sólo en Kenia se realizan dos millones de transferencias de dinero cada día, y trescientos millones de personas tienen registrada una cuenta de Mobile Money en cinco continentes. Como si todos los habitantes de Estados Unidos juntos se pusiesen de acuerdo en pagar la compra o en enviar dinero a sus familiares con el sistema más simple y barato del planeta.

 

Papel, metal, dinero digital, bitcoin. El dinero es un sistema de símbolos y sólo hace falta que creamos en ellos para que tengan valor. Barry Apudo usa un iPhone 4s. Pero la revolución de la que él habla tiene menos que ver con la tecnología que con la confianza de la gente en ella. Mobile Money funciona con una simple línea telefónica de prepago: una tarjeta SIM y un teléfono móvil básico. El dinero viaja por ondas electromagnéticas a través del aire. Sólo hace falta depositar el efectivo en un puesto de venta y tus billetes se convierten en dinero digital. La diferencia con los otros sistemas de pago y envío de dinero, además de no necesitar Internet, tiene que ver con los intermediarios, los bancos. Al utilizar PayPal, por ejemplo, necesitas tener una cuenta de banco a tu nombre y pagas comisiones por cada movimiento individual. Si pagas con los bitcoin, en cambio, usas una moneda descentralizada, es decir, que no está respaldada por ningún gobierno ni depende de la confianza en ningún emisor central. El sistema africano es diferente al resto de los casos. Cada vez que un usuario de M-Pesa canjea su dinero por dinero digital, sus billetes son depositados en una de las cuentas bancarias de M-Pesa, que funcionan en media docena de bancos africanos. El dinero electrónico es así el reflejo del dinero en efectivo depositado en una sucursal bancaria. Pero los usuarios de Mobile Money no son clientes directos de los bancos. De hecho no hace falta que pasen ni cerca de un cajero automático. Ellos deben llevar su dinero a una oficina de M-Pesa: unas construcciones de bloques desvencija- das y pintadas de verde, que contrastan con el entorno árido y desolado. Mobile Money no ofrece cuentas de ahorro ni tarjetas de crédito. Su infraestructura es mucho más pequeña que la de un banco y eso hace que las comisiones que cobran por transferir dinero sean las más bajas del mercado. «La revolución que está en curso en países en desarrollo es la revolución del dinero móvil», dice el informe The Oxford handbook of financial regulation firmado por un grupo de expertos internacionales y publicado en agosto de 2015. Ellos aseguran que los sistemas Mobile Money como M-Pesa reformulan el sistema financiero que conocemos. Se basan en pruebas concretas: durante la crisis financiera de 2008 los bancos permanecieron cerrados y por primera vez en la historia un sistema financiero alternativo como el Mobile Money superó no sólo en número de usuarios a la banca. También la superó en seguridad. Una ley prohíbe a la empresa de Mobile Money reinvertir el dinero de sus clientes depositado en bancos, y si bien los bancos donde está depositado sí pueden reinvertir ese capital, tienen grandes limitaciones de seguridad. La inseguridad del sistema bancario no se debe tanto a la quiebra de un banco, si no al riesgo individual de cada depósito, en base a cómo es invertido. Durante la crisis los bancos no quebraron gracias a los rescates públicos. Quienes sí se vieron afectados fueron los depósitos utilizados por el banco para inversión de riesgo. Por lo tanto si el dinero está depositado en un banco y es invertido de forma segura, ese dinero no corre mayor peligro. «En esencia, el sistema M- Pesa es la última forma del Narrow banking», dicen los especialistas del The Oxford handbook of financial regulation. Narrow banking es la banca que invierte de forma segura en servicios como bonos públicos, que si bien dan menos ganancia que otros servicios como la especulación con productos como el petróleo, proporcionan más seguridad. Es decir que el Narrow banking separa la banca de inversión de la banca comercial. Aísla el riesgo y así garantiza la liquidez total a sus usuarios. Mobile Money achica al mínimo los gastos por comisiones sin renunciar a la seguridad.

 

Los bancos han tenido el monopolio para manejar nuestro dinero durante los últimos quinientos años y la crisis financiera de 2008 costó quince millones de puestos de trabajo en el mundo. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz alzó la voz en aquel momento. «La banca está más obsesionada en especular que en cumplir su papel social de intermediación», dijo. Bill Gates se puso irónico durante su discurso de 2014 en Sibos, el evento de servicios financieros más importante del mundo. «Necesitamos servicios bancarios —dijo Gates—. No bancos». Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, decía que había que limitar el tamaño de los bancos y sus actividades de riesgo, y se convirtió en el principal enemigo de Wall Street. Desde entonces el sistema Mobile Money mejoró la vida a millones de personas y para los gurús occidentales es revolucionario porque impuso al sistema bancario global una normativa que lo hace más seguro. «¡Las personas que no tenían un banco ahora tienen uno!», resumió Barry Apudo en su mesa de bar. Pero hay otra manera de verlo. El cuarenta por ciento de la población mundial no tiene una cuenta bancaria, y los banqueros vieron en la telefonía móvil un recurso eficaz y barato para captar nuevos socios y sondear nuevos mercados sin necesidad de invertir en nuevas sucursales. Sólo hacía falta invertir en teléfonos. En los cuarenta y siete países que componen el África subsahariana, en el año 2000 había menos líneas telefónicas que en Manhattan. Hoy más de la mitad de la población de esa parte de África tiene un teléfono en el bolsillo. Y sabe mandar su dinero por SMS.

 

Barry Apudo Macharia es un keniano con privilegios: tiene estudios universitarios, dos hijos en colegios priva- dos y siempre tuvo una cuenta bancaria. Sus compatriotas más pobres que usan M-Pesa también hacen circular su dinero por las cuentas bancarias de la compañía de comunicación, pero sin los beneficios básicos que un banco les puede aportar. No tienen caja de ahorro, ni tarjeta de débito. Ni siquiera están registrados con sus nombres y apellidos. Son un número de teléfono. Hace apenas ocho años, cuando M-Pesa salió al mercado, sólo dos de cada diez kenianos tenían una cuenta bancaria, y hasta hace quince años el noventa por ciento no tenía teléfono. A los bancos no les interesan los clientes que no son redituables. Por esa razón en un país como Kenia había sólo seiscientos cajeros automáticos para treinta y seis millones de habitantes. Ningún banco se ocupó de invertir en infraestructura. Pero hoy siete de cada diez adultos de Kenia mueve su dinero desde un teléfono móvil y sin necesidad de pisar un banco, pero dejando el dinero en uno de ellos.

 

La clave es el teléfono. En las calles de Nairobi se escucha infinidad de tonos que emiten los celulares de la gente, pero los que más suenan son las melodías de grupos gospel evangelistas. Un teléfono móvil en Kenia o Tanzania puede costar dos euros, lo mismo que una taza de café en Alemania. La marca finlandesa Nokia es la más barata y difundida en un continente donde el sesenta y tres por ciento de la gente vive aislada en el campo. Sólo en 2013, las enfermedades y el hambre han causado en África más de cuatro millones de muertes de niños, el equivalente a la población de Costa Rica o Nueva Zelanda. Pero según el Banco Mundial no todo son malas noticias gracias a la telefonía móvil: en apenas tres años la población bancarizada del mundo creció más del sesenta por ciento gracias a los trecientos millones de usuarios de Mobile Money que operan en los cinco continentes. La región de América Latina y el Caribe tuvo el mayor crecimiento en la adopción de dinero móvil en 2014, aunque para mayo de 2015 apenas se llegaba a unas quince millones de cuentas registradas. Países como Paraguay, Honduras y El Salvador aparecen entre los quince principales mercados de dinero móvil. Bolivia y Guatemala son un mercado naciente. A mayor índice de pobreza más éxito tiene el sistema de Mobile Money. El primer servicio de Mobile Money del mundo se lanzó en Filipinas en el año 2000 y hoy es uno de los mercados más avanzados de dinero móvil. En Filipinas sólo un cuarto de la población tenía una cuenta bancaria. El negocio del Mobile Money funcionó porque la mayoría de los filipinos eran lo suficientemente pobres. Igual que en África, algunos de los países más pobres de América Latina tienen los servicios de Mobile Money mas desarrollados. En Kenia, la mayoría de los clientes de M-Pesa no saben leer ni escribir pero saben escuchar y hablar por teléfono. Son campesinos que han emigrado a las ciudades y que pagan precios altísimos o viajan durante días para llevar dinero a sus familias. Dos mil quinientos millones de adultos en el mundo cobran menos de dos dólares con cincuenta al día. La ecuación es simple: cada persona pobre del mundo mueve poco dinero. Pero los pobres son tantos que en conjunto pueden ser buenos clientes para un banco. Sólo necesitan un teléfono móvil. El gerente no tiene la obligación de recibirlos en la oficina.

 

En una calle de Agogo, un pueblo de Ghana, a cuatro mil kilómetros del bar donde Barry Apudo toma cerveza Tusker, la gente se reúne por las tardes frente a una agencia de Mobile Money que lleva el nombre Holly Jesus. El mensaje religioso del cartel inspira confianza a los clientes. Desde Holly Jesus los vecinos de Agogo hacen sus trasferencias de dinero cada día. Así como hemos confiado en los Estados y en los bancos como garantes del valor de monedas y billetes, los africanos de Kenia o Ghana confían en la teleoperadora de su pueblo como garante del dinero digital. En Kenia la empresa más grande de Mobile Money se llama M-Pesa; en Ghana, MTN; y en Honduras se llama Tigo Money. Más allá de sus nombres, todos confiamos en los inventos que nos facilitan la vida y hasta nos adueñamos de ellos. En África subsahariana el exitoso sistema de pago Mobile Money es un símbolo de orgullo regional. Los kenianos se adjudican la autoría del invento. Aunque en realidad tiene su origen en un experimento con telefonía móvil ideado por un británico.

 

Nick Hughes era un empleado de Vodafone cuando se le ocurrió en 2003 usar teléfonos móviles para ofrecer microcréditos en Kenia. Vodafone es accionista del servicio de telefonía pública keniano Safaricom y a Hughes le pareció que el país africano podía ser un buen campo de pruebas para su invento. Los microcréditos son préstamos que se le da a gente que no tiene bienes ni ingresos suficientes como para que un banco les preste dinero. Nunca se había aplicado este sistema con móviles en esta parte del mundo y tras ganar una subvención, Hughes lanzó a finales de 2005 una prueba piloto de su proyecto con ocho agentes y quinientos clientes que debían devolver los prestamos con sus teléfonos móviles. En seguida se produjo un gran numero de transferencias. Pero mientras Hughes observaba meticulosamente los movimientos en la pantalla de su ordenador, se encontró con que los clientes africanos usaban el servicio para lo que les daba la gana. Además de pagar los microcréditos hacían envíos de dinero entre clientes, utilizaban el sistema como forma de pago, mantenían el dinero en el sistema durante la noche, por seguridad, y hacían transferencias a personas ajenas al proyecto piloto. Hughes no había pensado en esas necesidades. Pero inesperadamente los conejillos de indias kenianos se apropiaron del nuevo sistema. Con sus móviles en la mano los ciudadanos de Kenia readaptaron el ensayo del inglés Nick Hughes a sus economías domésticas. Al principio, el lobby bancario se resistió a otorgarles permisos para operar. En Kenia no existía entonces ninguna regulación, pero el banco central buscaba difundir la «banca sin sucursales» para incentivar la inclusión financiera y terminó autorizando el lanzamiento de M-Pesa sin una licencia bancaria. El proyecto de Nick Hughes no funcionó como él había previsto. Pero se sentaron las bases de un nuevo sistema. Hoy nadie recuerda en esta parte del mundo que el origen del dinero móvil es extranjero y que llegó a África, en realidad, por un malentendido.

 

Chaska Wambachy, un albañil de treinta y seis años que acababa de hacer una trasferencia en la agencia Holly Jesus, salió de ella a las once de la mañana con cara de satisfacción, como si en lugar de pagar, hubiese cobrado. «Recién hablé con mi hermano y me confirmó que había recibido el dinero», nos dijo. Chaska Wambachy vestía vaqueros gastados y la camiseta del equipo turco de fútbol Fenerbahçe S.K. Iba acompañado por su hija de cuatro años y llevaba un pequeño bolso negro donde guardaba su teléfono móvil Nokia de pantalla monocromática. A su hermano le había enviado sesenta y cinco Cedi — la moneda de Ghana—, que son unos quince euros, a través de la oficina Holly Jesus, donde un empleado hizo la transacción. Luego llamó a su hermano por teléfono para reconfirmar el recibo. Chaska Wambachy necesitaba escuchar la voz de su hermano para convencerse de que los billetes viejos y arrugados de su bolsillo llegaron a destino. Demoró apenas quince minutos en enviar el dinero y le quedaba el resto de la tarde libre. Antes de usar el sistema Mobile Money demoraba dos o tres días y para hacer una trasferencia en la oficina de correos. Seguramente demorará menos cuando se atreva a hacerlo él sólo con su teléfono, sin necesidad de acudir a la agencia Holly Jesus. Desde que a mediados del siglo XIX se emitió el primer telegrama en Europa, aceptamos que el valor de nuestros billetes cobraran una forma electrónica. El teléfono móvil aceleró aún más nuestras costumbres. En el continente donde el hombre inventó la comunicación a distancia a través de tambores, la aparición del teléfono móvil trasformó de manera abrupta la noción que la gente tenía del dinero y del paso del tiempo. La velocidad de una transacción es crucial para ahorrar. O para ganar más dinero. Según la consultora estadounidense mPay Connect, la mitad de los usuarios de M-Pesa cree que con cada transferencia ahorran tres horas o tres dólares, una cantidad no menor en un país con una renta anual per cápita de 1.400 dólares. Al igual que los kenianos, la mayoría de los ghaneses como Chaska Wambachy nunca han pisado un banco, pero a diferencia de sus vecinos tienen menos experiencia con el Mobile Money. En Ghana apenas la mitad de los niños termina la escuela primaria, la cobertura eléctrica alcanza para una tercera parte de la población y sólo seis de cada diez personas bebe agua potable. Sin embargo, el setenta y cinco por ciento tiene un teléfono móvil.

 

Agnes Kereya ha cumplido treinta años y tiene cuatro hijos, algunas cabras y un móvil Nokia antiguo. «Antes tenía que usar lámpara de queroseno —nos dijo Kereya un día de febrero de 2015— Ahora tengo luz eléctrica y puedo cargar mi móvil». Ella sólo habla —no escribe— swahili y vive con su familia en las afueras de Thika, a cuarenta y cinco kilómetros al Norte de Nairobi. Lo que Kereya en realidad tiene es un panel solar de cuatro vatios sobre el techo de latón de su casa. El panel alimenta una batería con la que enciende dos bombillas de luz tenue y carga la batería de su teléfono. Mobile Money, un proyecto expansivo, no puede funcionar en una región rural extensa sin tendido de luz eléctrica, y por ello la compañía telefónica creó otra empresa: M-Kopa Solar, que en swahili significa «préstamo móvil Solar»; M-Pesa vende los paneles solares a sus usuarios. Asé, el esposo de Agnes Kereya, que vive en Nairobi, le manda dinero digital cada semana. Y Agnes, con el mismo teléfono donde recibe el dinero de su esposo, transfiere cada día cuarenta chelines —treinta y cinco céntimos de euro— a la empresa M-Kopa para pagar el equipo que le provee de energía eléctrica. Es el mismo sistema que ya emplean más de doscientas mil familias en Kenia. «El servicio Mobile Money se ha estancado —dice el matemático Ignacio Mas, del MIT—. M-Pesa debe conseguir una licencia no bancaria para poder ofrecer servicios más sofisticados como cuentas de ahorro o prestamos». Para M-Pesa, el servicio M-Kopa Solar fue el primer paso para lograr un «mercado formal y la consolidación del dinero electrónico». El segundo paso ya tiene nombre y está funcionando: M-Shwari, que en swahili significa Calma móvil. Es un servicio para clientes que otorga el Banco Comercial de África y sus socios: la compañía telefónica del Estado de Kenia, Safaricom, de la cual Vodafone es dueño del 40% de las acciones. M-Shwari es una cuenta bancaria que ofrece ahorros y préstamos. El lucrativo experimento de ofrecer préstamos de microfinanzas en Kenia que proyectó hace una década un empleado británico de Vodafone, Nick Hughes, de alguna manera se estaría haciendo realidad.

 

La palabra crédito tiene su origen en el término credere, que en latín significa “creer”. Los créditos que ofrece M-Shwari son de hasta quinientos dólares y se deben reintegrar en treinta días. Un crédito es un voto de confianza entre el prestamista y quien recibe el dinero con el compromiso de devolverlo. Cuando hacemos un depósito bancario, además de ahorrar y ‘mantener seguro’ nuestro dinero, lo que hacemos es financiar al banco a cambio de intereses. El sistema bancario italiano fue el modelo crediticio en el Siglo XII y XIV para el norte de Europa, donde más tarde surgieron las cuentas, los cheques y las transferencias. Con los créditos, los bancos que mantenían los depósitos como reservas empezaron a prestar el dinero a cambio de intereses. Rápidamente las reservas empezaron a bajar, el riesgo a subir y la confianza empezó a adquirir cada vez más importancia. El sistema bancario italiano sentó las bases del sistema financiero actual, cuya última debacle en 2008 hizo ver como una alternativa los sistemas financieros como M-Pesa. También en Italia se fundó la primera Universidad del mundo Occidental, la de Bolonia. En África no cayeron los índices de analfabetismo ni de pobreza gracias a los avances del sistema Mobil Money, pero la gente cree en él. Hoy uno de cada cinco adultos kenianos —unos cuatro millones y medio de personas—, son clientes activos del sistema de préstamos africano M-Shwari.

 

La señora Agnes Kereya, a sus treinta años y con cuatro hijos, ya no se ocupará de aprender a leer y a escribir, pero sólo por ser cliente fiel de M-Pesa podría comprar más cabras o más tierra con un préstamo bancario. También compraría algo que nunca tuvo en su vida: una deuda. Sólo hace falta que pulse los viejos botones endurecidos de su Nokia negro en la penumbra de su casa con techo de lata.

 

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